2 Febrero 2010
Quienes escribimos sabemos que una de las tentaciones más recurrentes de nuestra tarea es la del silencio; movidos por una pasión ardiente y en demasiadas ocasiones insatisfactoria, siempre nos corteja la posibilidad de no abrir nuestras páginas a nadie más. En ocasiones es por pudor, y otras muchas como una consecuencia del rechazo del que podrían ser -o haber sido- víctimas nuestros textos, paridos con un esfuerzo titánico, lento y metódico, sangrante, en demasiados casos fruto de insomnios y sacrificios para los que nos gustarían el respeto, la publicación o hasta el aplauso. Unos pocos más agotan su caudal, de un modo extraño no encuentran más que decir (¿Rulfo?), y aunque les suponemos la pertinacia de la escritura -un don con participaciones de condena, de cuya superficie cromada nos es imposible escapar-, ya nunca nos legan una obra. Los menos, no soportan el peso de su reconocimiento, y huyen aterrorizados por la magnitud descomunal de la fama generada por su obra, en algunos casos incapaces de soportar la invasión de su órbita privada (Thomas Pynchon) aunque pertinaces en la publicación de sus creaciones; en otros, tan estremecidos por la repercusión de sus palabras como para abandonar por siempre cualquier intento editorial; así fue con J.D. Salinger, que la semana pasada abandonó la vida desde el silencio.
Con Jerome David Salinger se nos ha marchado uno de los mayores talentos literarios del siglo XX, capaz no sólo de que sus títulos hayan sobrevivido a un silencio largo y prolongado, sino de haber influido en las vidas y formas de narrar de varias generaciones de jóvenes (esencialmente americanos, aunque su marca se reconoce por doquier). Con su desaparición ya nada podrá frenar el crecimiento imparable del mito del escritor huraño, misántropo, trastornado por la potencia de los fantasmas que habitan su universo privado, y algo maldito. Aunque hay que reconocer que, durante muchos años, él puso los mimbres para hacerle fácil el trabajo a los hagiógrafos de hoy: retirado en Cornish (New Hampshire), apartado del mundo y sus habitantes, pletórico de rarezas y con una azarosa vida sentimental, escribía constantemente -según él mismo confesó en una de sus pocas entrevistas-, pero sólo para sí mismo. Y es una lástima que así fuera, porque es de esperar que la madurez del narrador nos hubiera dejado perlas muy consolidadas de la pluma de quien nos estremeció con El guardián entre el centeno, Nueve Cuentos o Franny y Zooey. Si las hay, ahora lo sabremos, eso también es seguro; los buitres se abatirán con saña sobre los secretos de quien fue vencido para siempre por la tentación del silencio. No en vano, es algo que ya presenciamos con Bolaño, condenado durante años de trabajo infructuoso a puestos de supervivencia tales como el de vigilante de cámping, y de quien ahora se publica hasta el último de sus textos tentativos, entre alharacas y jactanciosas declaraciones de retro-visión descubridora por parte de su editor.
Se fue Salinger, y eso es lo importante, lo triste y descorazonador; el mundo siempre es un lugar peor cuando se extingue un átomo del talento que lo ilumina, humaniza y vuelve más habitable. Ojalá pronto otro como el suyo esté ya marcándonos el horizonte en nuestra larga travesía; huidizo con el desaliento y enemigo del silencio, regalándonos con generosidad la obra en cuya creación se deja el sueño o el talento.
V
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18 Enero 2010

Hay privilegiados capaces de hacer lo imposible; no de vencer sus límites, y tampoco de conseguir objetivos aparentemente inalcanzables; sino de lograr el prodigio de cambiar las condiciones objetivas de la materia. Lo son de forma muy específica los poetas, cuya sutileza ahorma el lenguaje común a su deseo hasta conseguir, según el caso, ligerezas de pluma o percusiones de maza. Así es -podría decir que así fue, ¿pero acaso alguien cree que tanta belleza dejará de serlo?- en José Hierro, de cuya mano inmisericorde recibimos un impagable legado de palabras capaces de incrustarse en el alma.
Hablaban con bocas de sombra,
susurraban sucesos mágicos,
historias de herrumbre y de musgo
(no sabían que estaban muertos,
y yo no quería apenarlos).
Fui reconstruyendo sonidos
que en el sueño significaban
para interpretarlos despierto
y atribuirlos a unos labios.
(Pecios de Sombra. Cuaderno de Nueva York)
Lejos de su alquimia inmemorial es extraño encontrar un prodigio tan fascinante; existen buenos artesanos, primorosos en el dominio de la materia, inventores curiosos y hasta druidas sorprendentes; pero son muy pocos quienes tienen en sí el don de transfigurar la sustancia. Se encuentra, sin embargo, en la imagen que hoy alumbra este rincón, no la demostración estética de un artista dotado con la elegancia o el gusto, sino el pulso férreo de quien, por encima de las innegables capacidades para la hermosura, es capaz de someter a la luz. La obra de David Rodríguez Caballero se edifica sobre principios de prístina claridad: líneas limpias, geométricas, apenas recién complicadas por la exuberante irrupción de lo orgánico, rematadas por manchas de color muy intensas, que puntúan el conjunto y parecerían cerrarlo. Y ahí es donde comienza el sortilegio; porque el elemento esencial de sus diferentes líneas de trabajo es la luz, con la que juega y de la que obtiene el máximo rendimiento, dominándola en su refracción para conseguir en la superficie de sus piezas un incesante conjunto de sutilezas. El artista toma la luz como un elemento más de su trabajo y consigue desnaturalizarla de su bravura para, como hace el poeta con el lenguaje ordinario, convertirla en un elemento más de su producción, quizás el más importante jerárquicamente; sin duda, el más característico por la dificultad de su manejo.
Habituado a cambiar los roles de sus materiales, para David Rodríguez Caballero el trato con la luz ha sido una obsesión de resolución asegurada desde el comienzo de su carrera. Y me explico: imbuido de un profundo sentido revolucionario, su originalidad es la de afirmar la tradición por medio de desmentidos. Y me explico más: el núcleo esencial de su creación son materiales ajenos a la tradición pictórica, soportes o elementos sin pedigrí sobre los que actúa hasta conseguir dignificarlos, transfigurándolos de modo irreversible en obras de arte. Y a pesar de ello, su discurso es eminentemente clásico, porque emplea esos elementos ajenos para reflexionar sobre la pintura; reflexionar en ausencia, de un modo un tanto platónico, a través de las sombras para obtener conclusiones más puras: hablando de pintura pero sin contar con ella. Después de esto, se entenderá, su combate con la luz era apenas una cuestión de tiempo; se cifraba en conocer cuánto tardaría en convertir el accidente de los rayos lumínicos sobre sus trabajos en un elemento más de su creación; no ya el capricho de su rebote arbitrario en la superficie texturada, sino la obligatoriedad del propósito de su creador respecto de ese haz. Ese tiempo ya es presente, y hoy, como antes hicieron los arquitectos que encontraron en ella un elemento constructivo más, David Rodríguez Caballero se gusta en su papel de dominador de la luz, con la que mantiene un idilio apasionado e intenso, del que nacen composiciones bellas, originales, únicas; obras inagotables en su observación, siempre en diálogo con el espectador, para quien, quizás, también se reservan un susurro incontenible de sabiduría: nada es inamoviblemente cierto, ni siquiera lo que los ojos ven. "Nos han abandonado en medio del camino./Entre la luz íbamos ciegos./Somos aves de paso, nubes altas de estío,/vagabundos eternos", diría el poeta.
Geometrías/Geometries. Galería Marlborough Madrid. C/Orfila 5; hasta el 6 de febrero
V
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29 Diciembre 2009
Lo he anunciado en los últimos (y perezosos) post de este blog y ahora ha llegado el momento de entrar en él con mayor profundidad. Mis últimas lecturas literarias del 2009 le corresponden a un autor nuevo y poderoso, Fernando Clemot, en quien la contundencia de la escritura se me ha impuesto al calor de la amistad emergente. Tenía referencias suyas desde hace muchos años, e incluso me había aventurado en la intensidad de sus ficciones a través de algunos de sus relatos; pero no ha sido hasta este último mes cuando me he sumergido de lleno en su imaginario poético. Del paso por Estancos del Chiado y El Golfo de los Poetas salgo con una estimulante sensación de vida, renovado como lector ante la contundencia de un escritor nuevo, desconocido y lleno de originalidad, de voz clara y perfectamente reconocible, poseedor de un estilo pujante, sólido, de cuya cristalización (¿acaso no se encuentra ya cristalizado?) cabe esperar un largo narrador de futuro. Después de años de peripecia personal por el mundo de la ficción concursera, como uno de los miembros esenciales de lo que está dando en llamarse la Generación Plica, 2009 ha sido el año idóneo para que Clemot accediera a los lectores. Primero fue con Estancos del Chiado (Paralelo Sur), una recopilación de sus relatos más destacados premiada con el Premio Setenil al mejor libro de relatos del año, y más tarde con El Golfo de los Poetas (Barataria), finalista de los premios Ateneo de Sevilla y Logroño, y una obra destinada a sorprender al público español.
Fernando es un narrador recio, firme en su compromiso con el lenguaje e imaginativo; un autor que explora con devoción y acierto los diferentes aspectos de la existencia humana, con especial atención a la memoria, donde se fía buena parte de lo que uno es (en demasiadas ocasiones a espaldas de nuestro propio conocimiento). Clemot cuenta con la solvencia de quien lo lleva haciendo desde siempre, curtido en la urdimbre de las tramas, muy eficaz en su resolución y extremadamente respetuoso con el lenguaje, cuyo patrimonio semántico recupera con el mimo y la dedicación de un orfebre. No es ajeno a las nuevas realidades del mundo, pero en su narrativa sí se aprecia un distanciamiento de los novísimos modos de contar surgidos en torno a los Nocilla; entiendo que los respeta como una corriente interesante e innovadora, pero él prefiere posicionarse en una posición más tradicional; también como un camino más complicado en esta confusión de la modernidad, donde sólo lo que se suma a la tendencia de moda parece tener un hueco, incluso si su calidad no es la suficiente. Así las cosas, Estancos del Chiado se concebiría como una colección de destellos, retazos de una impecable trayectoria de ganador de concursos de relatos, y al mismo tiempo, una suerte de mapa espiritual de su camino como narrador. Quien lea con la atención suficiente, asistirá al prodigio de la creación de un universo poético, organizado a partir de trazos sucesivos, cada uno más acertado, profundo y estilizado que el anterior, incidiendo en los detalles y afinando su voz de forma primorosa; una línea ascendente por cuya hilazón se obtiene la llegada del novelista que se muestra en todo su esplendor en El Golfo de los Poetas. Esta segunda obra ya enseña lo mejor de quien está llamado a ocupar un lugar destacado en las letras españolas, un creador de cuyo ingenio nace la figura de Leo Carver, escritor condenado a un proceso de destrucción íntima y alcohólica, sumido en una devastación interna con la que podemos llegar a identificarnos de forma muy intensa. Leo se marcha una semana al llamado Golfo de los Poetas para reconstruir un episodio de su juventud, siempre rondando la figura de Val, en cuya tragedia se encripta buena parte de lo que este novelista en declive ha llegado a ser. Organizado como un diario, Clemot nos sume en la memoria de un hombre desmemoriado y sometido al exceso de los destilados, aferrado a su dolor, sangrante, tremendamente humano y, por eso mismo, enteramente exasperante. Una obra deliciosa, cuya lectura, desde la humildad de este rincón, recomiendo vivamente.
Y concluye 2009, otro año de viva intensidad, en donde encontré muchas cosas, no todas esperadas ni gratas, pero de cuyo periplo salgo fuerte, determinado, con la vista fija en el frente y la mano del timón en la misma posición de fondo que tenía en la llegada de este ciclo temporal. En estos 365 días conocí el dolor intensamente, no como una experiencia simbólica, sino con el realismo que te marca el cuerpo -ya para siempre- además del alma; y también la desesperación de quien se afana por lograr cosas que nunca llegan a materializarse. Bajé a mis infiernos personales y profesionales, y regresé del viaje; es por eso que en esta hora casi última hago resumen con una sonrisa resabiada, escéptica, tranquila, también cautelosa. La segunda mitad del año cambió mi suerte, llevándome a donde no esperaba, trabajos nuevos y estimulantes, una ciudad de residencia conocida y olvidada, y la ilusión que se me negaba hace demasiado tiempo; no puedo quejarme. Bien es cierto que en el umbral de entrada de este año 9 pedí una sola cosa, y que no me ha sido dada; pero no desespero, tras el 9 viene el 10, y después lo hará el 11, y más tarde el 12... Y yo llegaré, no sólo por tozudez o determinación (que también), sino porque tengo una deuda con Duelos; y yo soy hombre de palabra, pagador y noble. Pelearé como lo he hecho hasta ahora, por él y por la novela que avanza y va tomando cuerpo, con energías renovadas y una fe ciega, irracional, apasionante; lo haré incluso contracorriente, cuando el desánimo haga presa en mí y nada parezca tener sentido, repitiéndome como un mantra eficaz las palabras de Bukowski, siempre realistas, sombrías y estimulantes: "Si vas a intentarlo, que sea a fondo. Si no, mejor que ni empieces...". Así sea en el año 10.
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28 Diciembre 2009
...mientras rumio mi último post del año, a la fuerza complejo y denso, lleno de la literatura hermosísima de Clemot y el transcurrir agridulce de la vida, sólo puedo rendirme a la maestría de Muñoz Molina, en cuyas nuevas páginas me sumiré esta misma noche. Es difícil superarle en sensatez y buen discurso, en su reivindicación del sabor añejo y moderno de la literatura en letra impresa y fragante, el tren o la pausa. A fin de cuentas, tan sabio...
http://www.elpais.com/articulo/portada/Trenes/26/libros/elpepuculbab/20091226elpbabpor_8/Tes
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30 Noviembre 2009
Estoy regresando, muy despacio, con un inmenso trabajo; más como una cuestión de voluntad que de ganas o convicción, enfermo de mil dudas y anhelante de otro millón de cosas, pero estoy haciendo el camino de vuelta. Soy en la medida en la que consigo llenar el espacio del que este rincón es resonante, y sólo por ello seguiré peleando; tanto en la comodidad como en el desánimo, continuaré fiel a mi convicción, teniéndome más fe, doblando la apuesta. A lo que salga.
Espero terminar el camino pronto
V
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28 Octubre 2009
¿Le habrá tragado la corriente?, se preguntará alguno. Y no, no lo hizo todavía; aunque seguramente arreció con fuerza suficiente como para haber estado, como mínimo, demasiado cerca. Aguanto, y repito la letanía del resistente, un mantra de razones incontestables con las que trato de convencerme, sepultando mi ideas rebeldes bajo una densa capa de argumentos de peso. No lo logro siempre, ni siquiera en muchos casos, y todavía mis días -y mis noches, ay, mis noches insomnes y vertiginosas, en donde jamás parece concebible el sosiego-, se pueblan de nostalgias, congojas, dudas y anhelos. Emergeré de todo ello, lo sé, y será más pronto que tarde, cuando ni siquiera el desorden inherente a estos cambios pueda frenar el impulso que noto latir allá dentro, reclamando su lugar y urgiéndome a otorgarle el espacio que le prometí; sin el cual jamás me habría concedido la licencia para volver a reinventarlo todo, cuando quizás no era preciso hacerlo. Pero todavía no estoy aquí, y no sé para cuándo se anuncia mi llegada.
Mientras, lleno mi cabeza con las voces del Me acuerdo de Joe Brainard, prodigioso y mágicamente encabezado para mí en su página primera por la mano hermana e imprescindible (y generosa) que lo puso en mi hatillo; con el Nocilla Dream que le dio fama e impulso a Agustín Fernández Mallo (y en cuyas páginas persigo algunas claves, quizás el hilo gracias al cual mi tercera parte cobrará vida); con la espera ansiosa de Estancos del Chiado y la inminente llegada de El Golfo de los Poetas, ambos de Fernando Clemot, escritor amigo por vía del poeta inédito (y en quien creo haber encontrado claves para un tiempo largo y fecundo); con el prodigioso humor de Woody Allen y la música intimista, cálida, que parece acariciarte el rostro, pasando la mano sin miedo o aprensión por sus rugosidades, de Leonard Cohen y Quique González.
Y con esa dote hermosa, repito mi letanía, mientras espero a que amaine el temporal para asegurar de nuevo los pies en el suelo, erguido sin temores, y poder ejercer de caja resonante para quien todavía no perdió ni una sola de sus muchas esperanzas. Ojalá, terminaré diciendo; qué palabra bellísima.
V
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2 Octubre 2009
En unos días que en mi mente se asemejan a horas con apariencia de minutos, volveré a meterme en las sensaciones de quien se embarca hacia un rumbo nuevo; otra vez con el alma inquieta, a un tiempo ilusionado y fuerte por la cercanía del desafío y temeroso de estar equivocando el rumbo. Y sólo una pregunta ocupa mi mente enfebrecida, ¿estoy cerrando un ciclo o sólo continúo, quizás con un arabesco más pronunciado de lo habitual, este tan trascendental e irrenunciable de mi vida? La respuesta, como siempre, sólo podrán darla el tiempo; quizás el arrojo y la valentía de mi apuesta...
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22 Septiembre 2009
Arrasado por los giros de mi propia existencia, y de algún modo mudo ante la magnitud de cuanto me acontece, me veo en la obligación de interponer entre esta bitácora y mis palabras las palabras geniales de dos maestros; ellos me emocionaron en un momento muy emotivo. Benditos sean.
The famous blueraincoat casi en la atmósfera mágica en la que yo lo viví:
http://www.youtube.com/watch?v=njQaFhTp2u
Y Chelsea Hotel, tal y como yo la escuché, con el corazón encogido por cada detalle de ese 12 de septiembre:
http://www.youtube.com/watch?v=2KVUT7aaqG4
Luego llegó alguien en quien siempre encontré cosas, y hablaba de sentimientos que me apelaban con una hermosa potencia; acariciando ciertos rincones de mi alma y retando a otros, como siempre; de un modo irresistible:
http://www.elpais.com/articulo/portada/Demasiada/felicidad/elpepuculbab/20090919elpbabpor_4/Tes
Así pues, que hablen ellos mientras yo trato de recuperar el sitio y la voz. Esperemos que sea hasta pronto...
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