A veces basta con tan poco
Hay quien lleva años elaborando complejas teorías sobre el arte de contar -en el cine, en la literatura, en otras bellas artes- y estableciendo complejas ecuaciones que tienen más que ver con la astrofísica que con la creación. Contar historias es dificilísimo; requiere del dominio de la técnica (y eso no siempre remite al dominio de las normas canónicas; contar también es innovar), de la capacidad para ejecutar su urdimbre y, lo más importante de todo, de estar en posesión de una historia que contar. Este último elemento es seguramente al que menos importancia se le da, cuando se trata, sin embargo, del fundamental. Todos recordamos ejercicios manieristas de cine supuestamente deslumbrante que sólo nos movieron al bostezo, tan abundante era la nada que se escondía tras su envoltorio. Igualmente, guardamos el estremecimiento de las historias que nos golpearon con fuerza, las de Eastwood (de Los puentes de Madison a Million Dollar Baby), González Iñárritu (la mítica trilogía recién cerrada, especialmente 21 gramos) o Adolfo Aristaráin (Martín (Hache), sobre todas las cosas)
Ayer pasé dos horas de felicidad con una película del segundo grupo, una pequeña joya destinada a pasar inadvertida, a pesar de que es pura historia recubierta de poesía. Se trata de No basta una vida (Saturno Contro, su título original) y está fimada por el turco Ferzan Ozpetek, autor de las también imprescindibles Hamman, el baño turco y El hada Ignorante. Los iniciados no precisarán más datos, pero para quienes no tengan el gusto, hay que decir que el cine de Ozpetek es un deleite sensorial capaz de reconfortar las almas más torturadas. Sus películas transpiran humanidad por sus poros, de los que se desprenden aromas fuertes y salobres, los del deseo, el amor, la muerte; todos los que componen la vida. Ni uno menos. Rodadas en un poético italiano -a veces susurrante, otras atronador-, su labradas tramas se visten de imágenes, colores ymúsicas hasta componer un espectáculo visual que mueve al escalofrío y la emoción. Pero, y de ahí la importancia, sin perder el hilo de lo que está contando, el hondo discurso sobre las cosas trascendentes a las que nos enfrentamos cada día y de cuya relevancia pocas veces somos conscientes; de suerte que en muchos momentos uno no sabe si le emociona más lo que ocurre o el modo en que se está contando. Y es que a veces basta con tan poco...
No basta una vida habla de muchas cosas, como le ocurre siempre a las películas corales. Habla de cómo nos gasta la vida y de qué equivocados estamos cuando tomamos decisiones en caliente; de la importancia de las cosas que generalmente despreciamos, sólo porque pensamos que nos pertenecen y están garantizadas para siempre; del valor de los gestos y las palabras, y el modo en el que nos abrigan cuando nos enfrentamos a la inmensidad sobrecogedora del páramo; de la importancia de las pequeñas cosas, conversaciones y bobadas que nos permiten permanecer agarrados a la superficie del tiempo; del amor, tomado como una ofrenda generosa que nos vuelve amplificada, no como una lucha o una estrategia, jamás como un ejercicio de contabilidad interesada; sobre la pérdida y el dolor irremediable que lacera el alma de quien se queda, que le socava y mina, sin tregua ni pausa, como si a la muerte o el abandono sólo le pudiera seguir ese denso pozo negro; de la amistad, por encima de cualquier otra cosa de la amistad, del valor que tienen las manos que nos sustentan siempre y en cualquier circunstancia, inasequibles al desaliento, cálidas, desprendidas, imprescindibles; de cuánto nos aportan -a veces en detalles que parecen no tener importancia, como si un iceberg fuera sólo su parte visible- y cómo llenan nuestro espacio; de que son los únicos que realmente elegimos y nos eligen para soportar la travesía, cantar las alegrías y llorar las penas... Habla de todas esas cosas y de más, porque condensa mucha vida. Por eso, mejor que leerme a mí es ir a verla al cine, y sentir cómo se eriza el vello cuando todos se agrupan alrededor de la mesa de ping-pong, sólo para hacer el tonto, o puede que para mucho más...
V
PS: Marías está llegando, al fin, a este espacio de palabras. Queda poco tiempo ya...
