Hierro y su hermoso Cuaderno de Nueva York
En el equipaje decidí no traer demasiados libros, hay tiempo de incrementar aquí la biblioteca y son pesados de mover. Pensé en unos pocos, dos o tres novelas; un par de poemarios que finalmente fueron tres, no sé viajar sin Pessoa. El primero de los libros de poesía terminé de releerlo ayer, frotándome los ojos ante el prodigio repetido de su música, la certeza de su verbo medido, que se mete por las rendijas hasta llegar a la luz; la clarividencia de lo que cuenta. Lo había leído nada más publicarse, en los años de mi juventud primera, y sentí por él un deslumbramiento gozoso; casi diez años después, lo retomé en las calles de esta ciudad que lo inspiró, en un momento personal más maduro y proclive, y lo he encontrado todavía más fascinante y acertado. Es el Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, y está lleno de verdades sobrecogedoras
Esa música lleva mucha muerte dentro.
El amor lleva dentro mucha música,
mucho mar, mucha muerte.
La muerte es un amor que habla con el silencio.
El amor una melodía hija del mar y de la muerte:
asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena
hasta asfixiarlo despiadadamente
Es muy probable que Hierro sea mi poeta preferido dentro de mi muy preferido grupo del 50; si es que tuviera que elegir, que no es el caso. En él encontré una facilidad poética asombrosa, llena de luz, la potencia expresiva de los mejores autores líricos, su habilidad para trasladar todo un universo en una sola palabra. ¿Cómo es posible -me digo- decir tanto con tan pocos medios? ¿No será que a quienes acumulamos palabras nos falta el don de la elocuencia? Y, mientras, la música de sus versos sin dejar de sonar, embriagándome de texturas.
labios besados hondamente, que por eso
tienen más vida que quitar
Mi reino por un "te amo", sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras
(...)
Ven a decirme "te amo";
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.
Sobrecogido por su poesía, he sentido que las garras de sus verdades se me hundían honda, gozosamente, en la carne; que su dolor, como el del llanto de alegría que derramé en el vuelo que me traía hasta aquí, me causaba un placer lento y demorado; que las lágrimas son una estación inevitable -y necesaria- en el camino hacia la risa.
Y termino dejando la cita que me apunté hace diez años, que ayer recuperé, sintiéndola con idéntica certeza, con una mayor cercanía. Un deseo por cumplir. Así sea.
Siempre aspiré a que mis palabras, las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
V
PS: No es original (O siempre en la firma de estas incoporaciones), pero la música de Hierro casa bien con esta otra: http://www.youtube.com/watch?v=rjn0YDbInuA

Angeliqe C. dijo
Simplemente hermoso el escrito que transferiste.
En especial la última estrofa.
Bella hasta las lágrimas.
Se nota el por que te gusta tanto el autor.
Un abrazo y un beso.
18 Mayo 2008 | 07:46 PM