Día dedicado a Ella
Con perdón de los presentes, y más aun de los ausentes (o quizás ellos no lo merezcan, ¿quién sabe ya?), hoy le he dedicado el día completo a Ella, que en las últimas jornadas estuvo ausente, haciéndome pensar que quizás estaba ofuscada; manteniéndome en el miedo de que se hubiera marchado para siempre. Aterrado ante la desolación de su marcha. Como sé que es dama de recias costumbres, quise requebrarla por cada esquina de su muy compleja personalidad, yendo a todos los rincones en busca de lo que sólo allí encontraría; de modo que no pudiera rechazar mi invitación de baile, que durante unos días más se dejara reposar sobre mi hombro durante las largas horas de mi jornada de trabajo.
Desperté tarde y todavía fatigado, días de extremado trabajo nos habían precedido; y decidí que definitivamente había llegado el día de darle lo que merece y pide, que no es señora que se avenga a las carencias. Ducha muy caliente -hirviendo, hay costumbres que no cambian ni con los continentes-, y desayuno breve -otras, muy de tarde en tarde-, y pronto en la calle hacia la primera parada; una sublimación de su sentido, del poder con el que cuenta. La Frick Collection, un lujo de gourmets, el palacio hermoso en el que un magnate del acero vivió su tiempo en el Upper East Side de Manhattan (mi barrio, quién diría) y en el que cobijó su excelsa colección de arte, que tiene algunas obras importantes, otras menores y una fundamental por lo que ha significado a la literatura; a la general y a la mía propia. Entre estas paredes hermosas -visita inexcusable para todos, un placer a la altura del primer sorbo de un vino bueno, de una trufa densa, quizás de un foie mi-cuit, puede que de un beso bien dado...- está un cuadro atribuido a Rembrandt que un joven escritor -entonces calificado de "promesa de las letras españolas"- descubrió una mañana de ocio en esta isla de las mil posibilidades, de la mano de un clásico inexcusable -Don José María Guelbenzu, ahí es nada- y en cuyos trazos se le mostró lo que llevaba meses persiguendo; así de caprichosa es ella. Es El Jinete Polaco, que acompaña estas líneas, obra de Antonio Muñoz Molina en la literatura consiguiente, y santo y seña de lo que soy y busco, de lo que hoy me prometí en ese salón magnífico...
Luego me perdí en el mar verde de Central Park, derrotando mi cuerpo ya derrotado en su césped inmenso y vivificante, rodeado de belleza y hedonismo, y entregado al lujo pocas veces valorado del dolce far niente; un hacer nada que en realidad es llevar a cabo mucho, leer, escuchar música y observar el mundo; volver sobre lo que uno lleva en la mente, revisar, reescribir y hasta revivir, para tanto da el tiempo no urgido. Horas de desconexión que siempre se hacen breves y gozosas, a medio camino entre la deliberación y la ausencia.
El día terminó con nuestra cita, la que yo llevaba preparando toda la jornada, con mimo y dedicación, puede que también con el miedo de los que, en algún sentido, se saben infieles. Cena sobre mantel de hilo, restaurante italiano, vino tinto -buen vino tinto, un shiraz lleno de matices-, quesos para la entrada y una pasta después. Café a los postres -americano; es donde uno está, apenas hay opciones- y una silla vacía en frente, hacia la que alcé mi copa y brinde con determinación y amor. "Por ti, Musa, por que en esta semana que empieza -tan importante para el empeño que tan lejos me trajo, por el que tanto me he jugado- te dejes caer por mi hombro algún rato. Uno largo al menos, dos si pudiera ser. Para que sepas lo importante que eres en mi vida, y cuánto te quiero. Incluso cuando no escribo. O precisamente entonces; cuando más te vivo..."
V
