Yes, We Can
Y pudo. Lo llevaba anunciando meses y lo ha conseguido. Barack Obama será el nuevo Presidente de los Estados Unidos, en una jornada histórica de la que informarán los libros de nuestros nietos y ante la que yo siento la envidia de no ver ese cambio con mis ojos hambrientos, en NYC, en Harlem, un epicentro multicultural donde se le esperaba con ganas e ilusión. Ese país, a menudo denostado por nuestra presunta superioridad intelectual (y que sólo es un reflejo de nuestro profundo provincianismo), vuelve a darle una lección al mundo, a esta Europa que por vieja se siente sabia (cuando pocas veces actúa con verdadera sabiduría), y a nuestra España, donde sería impensable la idea de un Presidente negro, y todavía casi lo es la de un alto cargo en cualquier administración o empresa. Un hombre de origen humilde alcanza el trono del máximo poder mundial haciendo uso de las posibilidades ilimitadas que pone en manos de los ciudadanos un país donde cada persona puede ser lo que pretenda y persiga con la tenacidad suficiente; Presidente o mendigo, ambos extremos son igualmente válidos.
Obama ha hecho historia por muchas razones y casi más es labor de politólogos y expertos en sociología hacer el desglose milimétrico de todo lo que su llegada significa, desde la importancia de la raza hasta la solidez inmensa de su liderago global; jamás se saludó tanto ni con un fervor semejante la elección de un presidente democrático, ni tan siquiera de uno estadounidense. Ese hombre nacido en Honolulu ha vencido después de una carrera larguísima y agotadora, imponiéndose al aparato del Partido Demócrata y al poder indiscutido de los Clinton dentro de él, dejando en una cuneta -vencida y crispada- a Hillary, una mujer, la ex primera dama de las conquistas sociales, alguien que ya era un símbolo, pero que ha sucumbido ante la pujanza de una fuerza simbólica aun mayor.
Y, sin embargo, nada de todo eso es lo fundamental para mí. Desde la madrugada, sólo me repito el lema que tantas veces musité durante mi estancia neoyorkina "Yes, We Can". Sí, podemos. La victoria de Barack Obama es un hecho político, sociológico y, más que cualquier otra cosa, es un logro personal, el triunfo de una voluntad que creyó en sí mismo con una fe demoledora, inmensa y emocionante, la del joven senador capaz de empeñarse en una lucha personal contra todo y todos y de llevarla hasta el final, enrolando por el camino en su causa a millones de personas que necesitaban creer; en algo o en alguien, poco importaba. "Yes, We Can" es una hermosa lección de sacrificio, dedicación y confianza, de perseverancia durante los largos meses de la pelea intestina del partido, cuando todos le daban por perdedor. Obama nunca se sintió derrotado, ante cada embestida de enemigos infinitamente más poderosos, redobló la firmeza, el discurso, la capacidad de trabajo y convicción, los enlaces de Internet y la sonrisa carismática. Ignoro si en la soledad de sus noches -como a tantos- se le pasó por la cabeza arrojar la toalla, desistir y disfrutar del lugar de privilegio que su simpatía con una parte del electorado le aseguraría; pero no lo hizo. Y tampoco aceptó integrar su candidatura en la de la todopoderosa Hillary, asegurarse la plata en esa larga carrera de resistencia. No cedió ante nada ni nadie diferente de su voluntad de ser Presidente, su deseo de hacer cierto el anhelo que albergaba desde niño y la fe -inmensa- en sus propias capacidades. Y hoy es Presidente de los Estados Unidos, para que quienes queramos leer en su libro, lo hagamos
V
PS: Nunca me gustó McCain, huele demasiado a pasado belicista, y esas cosas se graban con frenética intensidad en la piel; pero ha sabido salir del plano dejando otra lección interesante para los políticos españoles, esa clase depauperada y en época de saldos. Se puede perder con elegancia, reconocer la victoria justa del ganador y sumarse a su bando desde ese minuto. Enhorabuena a él por su generosidad de derrotado, tan difícil de encontrar.
