Wai en tiempo de silencios
Pocas palabras en este espacio de palabras, muchos silencios y en ocasiones muy prolongados, las dificultades de la ascensión manifestándose en una falta de oxígeno que dificulta y hasta incapacita para la comunicación. Y también el síntoma de un tiempo habitual en mi año, el repliegue final y reflexivo hacia todo lo que me dio -o quitó- el ciclo que ahora concluye. Silencio activo y laborioso, por tanto, plagado de rumores e imprecaciones; la sinfonía del trabajo, multiplicado en varias direcciones en los últimos días, como si sólo quien puede ascender una cumbre escondida tras la cumbre ansiada pudiera alcanzar lo perseguido con fe y fiereza. Un final de año en cuesta arriba, más difícil que otros muchos, quizás más estimulante o prometedor; la esperanza de cuánto ha de pagarse por un esfuerzo tan intenso y continuado.
Tiempo de silencios que siempre es un tiempo de observación y enriquecimiento; la experiencia de otros o sus obras haciéndote ver un camino nuevo y más útil, empujándote contra la desidia que torna plomo tus miembros activos y animosos. Películas, exposiciones, menos teatro que en otras ocasiones, también literatura, siempre literatura; inapelablemente. De cada disciplina se recoge un aliento diferente y fértil, capaz de llevarte más allá de lo establecido, dando luz a la oscuridad o restando luminosidad al fulgor; el arte es guía, no siempre hacia estados más dichosos o festivos. Y entre todos ellos, una hermosa película de Won Kar Wai, My blueberry nights, que llega a nosotros con un retraso inexplicable, la demostración de cuánto se pierde cuando las finanzas presiden la toma de decisiones.
La historia principal es una, quizás dos, o tal vez ramificada en dos tramas diferenciadas, de las que no sabemos tanto como nos gustaría; obligan a un esfuerzo de autocreación del pasado gracias al cual es más sencillo llegar al corazón de lo narrado. Y, además, se entrecruzan en ella con fugacidad y magisterio historias hermosas, desgarradas, de perdedores valientes, derrotados por vidas implacables y crueles, desarbolados en sus sueños e ilusiones; obligados a vivir -y hasta a morir- en el filo mismo de los acontecimientos, sin tiempo para la mesura, ni ganas de ella. El punto tranquilo lo ofrece el chico del café neoyorkino, interpretado por Jude Law, que se limita a esperar, como si eso fuera fácil, convencido de que las cosas han de cambiar en algún momento de su monótona existencia. Él ofrece el anclaje y una digna Norah Jones el movimiento, la ruta y el viaje de quien necesita desligarse de todo lo que ha sido para llegar a lo que realmente es. Les acompañan otros con notables actuaciones y dolorosas historias; un elenco entre quienes no me resistiré -debilidad obliga- a citar a Natalie Portman, primorosa actriz de mágica belleza.
Quienes quieran completar el equipaje para el desfiladero pueden hacerlo con Apaloosa, peliculón sobresaliente ambientado en el gastado western desde donde se habla de cosas más importantes; la amistad, la entrega, el sacrificio y la irracionalidad del amor, el miedo que preside muchas de nuestras actuaciones, a veces de modo inconsciente. Magnífico Ed Harris y proteico Viggo Mortensen, cada día en un escalón más alto.
V

azul dijo
..hermoso texto, hermosa película.
ánimo
15 Diciembre 2008 | 09:59 PM