Un comienzo de comienzos
Y la otra cara de la moneda, cómo empiezan esas obras magníficas y que ahora nos sirven de marco de entrada brillante para este año recién comenzado:
Después de miles, de millones de años (Cuaderno de Nueva York, José Hierro)
La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1980, en París, en donde cursaba estudios universitarios de literatura alemana, a la edad de diecinueve años (2666, Roberto Bolaño)
Había estado mucho tiempo enfermo (La noche del Oráculo, Paul Auster)
Mi padre murió hace un año (Plataforma, Michel Houellebecq)
La ventana daba a un patio interior grande, oscuro, con ventiladores y máquinas que rugían, con muros de ladrillo negros de hollín, con otras ventanas que pertenecían a otras habitaciones idénticas, con los cristales ligeramente opacos de mugre, algunas de ellas iluminadas cuando caía la noche, mostrando la presencia fugaz y lejana de alguien, el interior de una habitación exactamente igual a la mía (Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina)
Mi afición a los diarios íntimos data de muy temprano, desde que a los catorce o quince años leí el de Amiel, en una edición en dos volúmenes que encontré en casa (La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro)
Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos (La piel fría, Albert Sánchez Piñol)
La espera de siempre, pensaba Shepp (El desencantado, Budd Schulberg)
Tú, ahora que ya estás en Terra, y habitas tu muerte amueblada de trineos, o a menos que seas un espectro de nebulosas viajando por el anillo de los mundos, la palpitación de un dígito, dondequiera que estés, un rectángulo de césped amarillo -no- debajo de un almendro de Montreux, Zembla (Velocidad de los Jardines, Eloy Tizón)
A finales del siglo XX el joven Montano, que acababa de publicar su peligrosa novela sobre el enigmático caso de los escritores que renuncian a escribir, quedó atrapado en las redes de su propia ficción y se convirtió en un escritor que, pese a su compulsiva tendencia a la escritura, quedó totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico (El Mal de Montano, Enrique Vila-Matas)
Delante de nuestro coche hay un coche blanco; delante del coche blanco, uno rojo; delante del coche rojo hay un camión de diez toneladas; y delante del camión de diez toneladas, una niña de cinco años (Trenes hacia Tokio, Alberto Olmos)
Me tuve que morir para saber si me querían (Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies)
En el principio no había nada (Metafísica de los Tubos, Amélie Nothomb)
A veces, y el sueño es triste, (El poeta es un fingidor, Fernando Pessoa)
No habrá amaneceres de bruma, largos campos en las afueras de la ciudad ni pesados ropajes de otro tiempo; tampoco veremos a padrinos reunidos para la elección de las armas a emplear ni guantes arrojados con desdén o arrogancia; tendremos, eso sí, contendientes que se batirán en duelo, casi como en ese tiempo romántico; puede que incluso algún fantasma errante (Duelos, V)
Mil comienzos, todos ellos y con sus millones de posibilidades abiertas; eso es un año que comienza, este 2009 y cada uno de los anteriores. Y un nuevo comienzo como símbolo de todo lo que está por venir: "Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer", pensó Moses Herzog (Herzog, Saul Bellow)
Suerte y buena travesía; el viaje es un fin en sí mismo.
V

miria dijo
Dos de mis imprescindibles:
En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. (La Celestina, Fernando de Rojas).
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo (Cien Años de Soledad, Gª Márquez).
Y dos prescindibles que marcaron mi rumbo:
Entonces, señor Klauser, ¿Mami Jane debe morir? (City, Baricco).
¿Encontraría a la Maga? (Rayuela, Cortázar).
3 Enero 2009 | 01:18 AM