El sombrío y simpático asesino
Privilegios de la tecnología y condenas de la programación veraniega, me he terminado a la carrera la tercera temporada de Dexter, la serie protagonizada por Michael C. Hall, el adorable David Fisher de A dos metros bajo tierra, aquí también un personaje complejo y asombroso. La serie me fascinó en su primera entrega y me tuvo en vilo durante la segunda, pero no he querido escribir sobre ella aquí hasta ahora, porque necesitaba tener más claras mis ideas sobre ese forense miembro de la policía de Miami, y asesino justiciero cuando la noche destapa sus esencias más íntimas.
Dexter Morgan es un ser oscuro, atenazado por los miedos de un tiempo anterior y traumático, desconfiado, maquinal, y adorable. Paradigma de la contradicción, se muestra insensible y sensitivo, desapasionado por la pareja o la amistad, pero entregado a una causa peligrosa y sangrienta por amor a la especie de la que abomina; limpia las ciudades de criminales impunes para conjurar el peligro de sus congéneres, a quienes en ocasiones desprecia profundamente. Mata siguiendo los códigos de su padrastro muerto, Harry, que descubrió en él las tendencias del asesino y le dirigió en una dirección nueva, buscando de sus habilidades una capacidad para mejorar el mundo; apartándole de un destino más sombrío y sangriento, tal vez el de muchos de los asesinos con cuyas masacres nos hemos horrorizado.
Dex asesina con frialdad y limpieza, de un modo que se nos hace simpático; incluso cuando quien acaba de quitar una vida por su propio criterio está a punto de ser descubierto, esperamos de él la capacidad para escapar, con un gesto cómico y un pensamiento más profundo, esclavo de su condición y feliz en ella. Porque él es honesto con el espectador, no le oculta sus dudas ni la sed de su alma torturada, no le elude su sufrimiento profundo ni la voluntad de mejorarse; no le esconde sus intentos de rehabilitación con una hermana a quien siempre tiende la mano y una hermosa viuda con hijos ante cuya sonrisa se conjura para ser parecido a los demás. Pero siempre fracasa, o regresa a la fidelidad de quien es, tal vez más sincero de lo que lo somos la mayoría de nosotros, aceptándose y mirando en el interior de sus ojos, frente al espejo, a pesar del hedor de las fosas ocultas más allá de su iris risueño. Sin duda no hay en ella la profundidad de A dos metros, pero en Dexter se encuentran algunas lecciones interesantes, un personaje brumoso y atractivo gracias a quien podemos aprender más sobre algunas facetas apartadas de nosotros mismos.
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